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Entorno

 
La frontera del otro mundo

Paraíso desconocido. El recién declarado Parque Natural de las Fuentes del Narcea, Ibias y Degaña deja al descubierto una fascinante tierra virgen cuidada durante siglos por sus gentes.
Hay lugares donde el tiempo parece haber detenido sus pasos para dar cabida a viajeros con sed de calma. Suroccidente de Asturias, concejo de Cangas del Narcea. Tierra de naturaleza virgen y salvaje. Sus gentes han cargado durante siglos de historia con el inconveniente -o la ventaja- de vivir en una zona de difícil acceso debido a la precariedad de las comunicaciones. Muchos han optado por no pisar este peculiar paraíso por considerarlo «el fin del mundo», pero también son muchos los que han descubierto que puede ser «el principio de otro mundo». El aislamiento geográfico ha conseguido que Cangas del Narcea haya adquirido identidad propia y diferente al resto de Asturias.

Las minas de antracita han sido en la última mitad del siglo XX el principal motor económico de este municipio y en muchas de las aldeas de Cangas aún se recuerda con rabia cómo se vaciaban los desvanes para prender fuego a todo lo que pudiera recordar a tiempos de pobreza y miseria. «Quemamos todo lo que nos recordaba la época en la que mi marido hacía madreñas (zuecos de madera) para poder sobrevivir. La mina trajo a esta casa el primer sueldo decente». Herminia Galán Rodríguez tiene 81 años y es natural de Xedré (Gedrez), un pueblo del Alto Narcea que sigue rezumando nostalgia de antaño mezclada con un peculiar progreso.

Comienza el siglo XXI y el cierre de las empresas mineras ha provocado que Cangas del Narcea retome el rumbo de su historia. Pocos son los autobuses que parten de la villa a las cinco de la madrugada para recoger a los mineros en cada una de las aldeas. Ahora, Cangas del Narcea es el centro neurálgico del recién declarado Parque Natural de las Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias.

Este nuevo espacio protegido se convierte así en el más extenso de todo el Principado de Asturias, con 555 kilómetros cuadrados de extensión. En el año 2003, la UNESCO le concede el máximo título al que puede aspirar un enclave natural: Reserva de la Biosfera.

Su nombre atiende a los ríos que bañan este territorio: el Narcea y el Ibias. El Parque Natural engloba dentro de sus límites al emblemático Bosque de Muniellos (Reserva Natural Integral y de la Biosfera), que se debate en grandeza paisajística con su compañero el Hayedo de Monasterio de Hermo. Con más de 15 kilómetros de extensión por la ladera del río Narcea, el Hayedo de Hermo se comunica con los montes del norte de León y con la Reserva Natural Parcial del Cueto de Arbas, localizada en las proximidades del Puerto de Leitariegos. Esta Reserva Natural incluye al pico más alto del concejo (Cueto de Arbas, de 2.007 metros de altitud).

Fauna y flora

Estos territorios no se dividen con muros; en este concejo, las divisiones del terreno las ha hecho el paso del Narcea. Nace en los montes de Monasterio de Hermo de los regueros de Fuetsos y Reconco. La ausencia de contaminación de las aguas en todo su recorrido se refleja en un viejo refrán de la zona, que dice: «Las truchas del Narcea se cotizan en bolsa europea».

Son pocos y afortunados aquellos que, hace ya dos décadas, pudieron degustar en restaurantes este pescado de pequeño tamaño y carnes sabrosas. En la actualidad, la conservación del entorno natural se ha convertido en el único objetivo de la Administración y está totalmente prohibido comercializar este tipo de pescado. «Sólo tenemos permitido pescar ocho ejemplares al día y por persona, y para consumo propio», explica Eduardo Fernández, uno de los muchos aficionados de la zona a la pesca de alta montaña.

No es extraño que en el camino de descenso del Narcea, y una vez adentrados en el grandioso hayedo de Monasterio de Hermo, los corzos, jabalíes o lobos asusten tímidamente con su presencia a quien aún no sabe que está en plena naturaleza. Las nutrias se pelean en los bordes del río y el espeso bosque de hayas salteadas con robles, xardones (acebos), abedules, folgueras (helechos), humeiros, castaños, avellanos... sirve de hogar transitorio a poblaciones de urogallos y osos. Especies animales en peligro de extinción que cambian su lugar de alojamiento en función de la época del año y del alimento que el entorno les ofrezca. Ante el eminente riesgo de desaparición al que están sometidas estas dos poblaciones, su protección y vigilancia es creciente. Pero también es cierto que, dentro de este Parque Natural, la leyenda de poder ver a un oso pardo se ha transformado para muchos en una sorprendente realidad.

Muniellos espera

A 16 kilómetros de la villa canguesa, y tomando el desvío que hay en el pueblo de Ventanueva, se llega a Moal. Aquí ya se empieza a vislumbrar entre la espesa vegetación 'el cortín' (edificaciones de piedra que evitan que el oso pardo pueda robar la miel de las colmenas). Pero los osos no caminan por carreteras. Los que sí están plantados al lado de los caminos y en el medio de los pueblos son los hórreos y paneras, construcciones de madera típicas de Asturias donde se guardaban las cosechas. Sobre sus maderas se descubren las tallas de símbolos solares heredados de la tradición celta para la protección de las cosechas almacenadas en el interior.

Y Muniellos siempre espera. Siempre. Y los veinte visitantes diarios que penetran en este bosque también han tenido que colmarse de paciencia para contemplar un paisaje que no tiene imitaciones en el mundo. En mayo del año 2000, la UNESCO le concedió el galardón de Reserva de la Biosfera. Pero, ¿qué tiene tan singular este bosque? En primer lugar, tiene árboles con barbas. Sí, bien podría ser por la madurez de muchos de ellos, pero, en este caso, sus barbas son de musgos y líquenes que arrastran hasta el suelo. Indican que aquí la contaminación no existe. Muniellos también tiene robles, sobre todo roble albar, y aunque se mezcla con las hayas, teixos (tejos), fresnos, avellanos..., este robledal es el más grande de España y uno de los mejor conservados de Europa occidental. Caminando con el 'orbayu' (lluvia fina) de compañero, monte arriba y con calma se llega a Las Lagunas. Los nombres de estas formaciones glaciares son la Grande, la de la Isla, la Fonda (honda) y la de la Pena (peña). Estas cuatro son las que se llevan el protagonismo, pero no por ello son menos importantes la de la Aveizuna y la de Penavelosa.

Un 'cacho' de vino

Los buenos senderistas suelen llevar a cuestas alimentos en abundancia. Los buenos cangueses recomiendan acompañar las comidas con vino de la tierra. «¿Un 'cacho' de vino, por favor!». Así se pide el caldo en Cangas. Es la única zona de Asturias donde se cultiva la vid y de las pocas de España donde casi es de obligado cumplimiento beberlo en el tradicional cuenco de madera. Un vino joven, de baja graduación, ligero y con una acidez característica que deja al paladar saborear las variedades de uva autóctona: albarín, berdejo y carrasquín.

El esfuerzo de este inmenso valle por recuperar las tradiciones de antaño parece haberse convertido en una máxima reflejada en la frase: «Quien nun sabe d´aú vien nun sabe aú vei» (quien no sabe de dónde viene no sabe a dónde va). Pasado y presente se unen y quizá -aunque de forma diferente- la historia se repite.
 
El Mirador de Fuentes Narcea